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martes, 11 de marzo de 2014

La sombra de una farsa se cierne sobre el lejano oriente

El pasado 29 de Enero, los mortales de este mundo despertamos para encontrar un nuevo descubrimiento impactante bajo el sol. Hoy, despertamos con la sospecha de que todo fuera un sueño.


La revista Nature publicaba un artículo firmado por la japonesa Haruto Obokata como primera autora, en el que se aseguraba que el grupo nipón, del laboratorio RIKEN, en Tokio, había conseguido obtener células madre pluripotentes (capaces de diferenciarse hacia cualquier tipo celular), mediante un procedimiento asombrosamente simple y rápido, simplemente sometiéndolas a estrés por diferentes medios (sumergiéndolas en pH ácido, o sometiéndolas a presión física, por ejemplo).

Haruko Obokata en su laboratorio / fuente 

Esta noticia supuso un bombazo en la investigación de la reprogramación celular, hecha posible gracias al también japonés Shynia Yamanaka, y prometía suponer también un bombazo para toda la humanidad si lo que declaraban era cierto. El anterior método desarrollado por Yamanaka era lento y poco eficiente, mientras que el nuevo, fácil y realizable en sólo unos minutos. Así que todo el mundo supuso que este artículo, junto con el publicado también en Nature sólo un día después tendría una importante repercusión para la investigación relacionada con la cura de enfermedades mediante el uso de células madre.


Como era lógico, muchos fueron los que se lanzaron a reproducir sus experimentos, y ¡oh, sorpresa, nadie lo conseguía! Entonces comenzaron las sospechas, y un tufillo a fraude comenzó poco a poco, y cautelosamente, a cubrir el descubrimiento. Nature abrió una investigación, y el centro RIKEN, que antes ensalzó tanto a su joven promesa, la secundó. Ayer, finalmente, el grupo firmante del artículo solicitó su retirada, porque han surgido errores y "ya no está tan claro lo que es correcto", según ha declarado uno de los autores.


supuesto embrión de ratón creado a partir de células
reprogramadas/ fuente
Pero espera un momento, ¡acabo de sufrir un Dejá Vu¿No vivimos esto ya antes? La historia recuerda bastante al escándalo surgido tras el fraude protagonizado por el coreano Woo Suk Hwang, quien en 2004 declaró haber conseguido clonar embriones humanos. 10 años más tarde, descubierto el embolado, desacreditado por toda la comunidad científica internacional, y condenado por Corea del Sur, Hwang es todo lo contrario a un héroe. Es la vergüenza ajena en su máximo exponente.

¿Pasará lo mismo con la joven estrella Haruko Obokata? ¿Hasta qué punto puede llegar el ansia de triunfo, de reconocimiento? Quizás la culpa la tenga la presión provocada por el ambiente, cuando uno trabaja en un centro tan competitivo como el RIKEN, y la expresión tan conocida entre los investigadores "publish or perish" (publica o perece), se convierte en la dueña de tu vida.

Cuando el sueño de la fama y del reconocimiento mundial te atrapa hasta el punto de hacerte mentir a todo el planeta, 
¿es que uno se ciega y no es consciente de que en ciencia, más que en ningún otro ámbito, se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo?

Aunque también es posible que los farsantes ya sospechen lo que ocurrirá. Que desde el primer momento en el que lanzan su mentira al mundo sean conscientes de que están un día más cerca de su destape. Que concedan entrevistas y se dejen fotografiar sonrientes, mientras en su interior una voz susurra: "Disfruta mientras puedas, pues esto no durará mucho". Que se tiren ellos solos de cabeza a la piscina de su propia muerte social y profesional y no les importe, por aquello de que es mejor que hablen mal de uno, a que no hablen.

De momento la investigación sigue en curso, y una, que es muy prudente, no se atreve a señalar con el dedo a nadie. Además, aunque lo que se rumorea sea cierto y todo haya sido una farsa, ya nadie podrá quitarles nunca estos meses de dulce éxito que han disfrutado.


¡Que les quiten lo bailado!





jueves, 27 de febrero de 2014

Las células madre, o de cómo un ratón pudo salvar al mundo

Todo empezó a finales de los 40, cuando las mujeres llevaban ondas al agua en el pelo y los hombres, gomina en mano, trataban de imitar el porte chulesco de Humphrey Bogart. 
Humphrey Bogart, muy chulo, fumando un cigarrillo.(fuente)

Entonces, una mañana cualquiera en Chicago, ocurrió que un científico llamado Leon Jacobson llevó a cabo una hazaña que revolucionaría el mundo: consiguió salvar de la muerte a un ratón con un grave trastorno sanguíneo (el grave trastorno consistió en someter al ratón a dosis letales de rayos x) injertándole una pequeña porción del bazo de otro ratón.

Cundió el entusiasmo universal (universal quizás sea demasiado decir, dejémoslo en "cundió el entusiasmo entre algunas personas"), y cientos de incautos se lanzaron a una maratón desenfrenada de trabajos e investigaciones. Pocos años, mucho esfuerzo, y probablemente muchos estudiantes de doctorado explotados después, se descubrió la razón por la que el ratón de Jacobson se había salvado: el bazo injertado se encontraba a rebosar de unas células, misteriosas, que al detectar problemas se multiplicaron sin cesar para devolver al pobre ratón radiado la sangre que le faltaba. Ellos aún no lo sabían, pero habían establecido contacto con una complicadísima pero prometedora aliada: la célula madre.
(fuente)

Células madre, como madres, hay muchas, y algunas más poderosas que otras, aunque en general se define así aquella que aún posee en mayor o menor medida la capacidad de diferenciarse hacia distintos tipos celulares, y que además puede multiplicarse para generar más células idénticas. Pensemos, por ejemplo, en un óvulo fecundado. ¿Qué es? ¿Es sólo una célula? Si, una célula microscópicamente pequeña, pero tan poderosa que multiplicándose, ella sola es capaz dar lugar a todas las células que componen nuestro organismo, todas. Desde las que sienten las caricias, las que acumulan la grasa, las que calculan ecuaciones dentro de nuestra cabeza y hasta las que están perdidas en la inmensidad del intestino.

Qué tentador, imaginar que tuviéramos en nuestras manos el poder de controlar una herramienta así. ¿Qué no podríamos curar? Daría igual cual fuera la enfermedad que nos afligiera, sólo necesitaríamos reponer las células defectuosas por otras nuevas creadas en el laboratorio, y listo.

Claro, que no es tan fácil...

A lo largo de los lustros miles de mentes inquietas trataron de conocer y domesticar estas células. Fascinados por el cigoto y su poder de creación lo investigaron a conciencia hasta que un día fueron capaces de imitarlo, y para asombro del mundo, el primer clon vio la luz: una rana, aunque sin nombre carismático, que ya en 1952 estableció las bases de la clonación de embriones. Luego vino un cordero, unos terneritos, y más tarde, en 1996, nació la famosísima oveja Dolly, primer mamífero de gran tamaño clonado a partir de una célula no de un embrión, ¡sino de otra oveja adulta! Asombroso. Si lo mismo pudiera llegar a realizarse en humanos, podrían obtenerse células madre para la cura de enfermedades a partir de un clon del propio paciente, y la panacea universal estaría servida. 


La oveja Dolly contempla a la humanidad desde una vitrina de Edimburgo(fuente)


Pero un momento ¿A dónde estábamos llegando? La idea de la clonación terapéutica abrió la puerta a un mundo de posibilidades. Para algunos apareció al final del túnel la posibilidad de ser capaces algún día de curar todas las enfermedades existentes, pero también proyectó en el imaginario colectivo imágenes propias de película de ciencia ficción: ¿Crearíamos clones esclavos que un día se rebelarían contra nosotros? ¿Clonaríamos a nuestros seres queridos fallecidos de tal manera que no existiría la muerte y el planeta sería un lugar cada vez más superpoblado?

Sin embargo, además de estas posibilidades inquietantes había otro problema. El uso de la clonación estaba inevitablemente ligado al uso de embriones: seres humanos que nunca llegarían a existir.(*Hagamos un pequeño kitkat: aunque es cierto que la clonación de la oveja Dolly se realizó a partir de una célula adulta, fue necesario el uso de un embrión, puesto que se realizó por transferencia nuclear, una técnica que consiste en la inserción del material genético de una célula, en este caso adulta, en una célula de embrión enucleada). Y esto, claro, levantó y sigue levantando muchas ampollas, y ha provocado un contundente rechazo por parte de algunos sectores de la sociedad. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo continuar esta relación tortuosa con la célula más potente del organismo?

En 2005 terminó ocurriendo lo inevitable: un laboratorio británico obtuvo el primer clon humano a partir de células embrionarias, y mientras algunos aplaudieron emocionados otros se echaron las manos a la cabeza, con lo que dio comienzo una batalla de discursos, manifestaciones y leyes por establecer el límite entre lo heroico y lo inmoral.


"Como antiguo embrión que soy, rechazo la investigación con células madre embrionarias"(fuente)


Pero algo se estaba cociendo en el país del sol naciente mientras el resto del mundo discutía. Sólo un año después, en 2006, el japonés Shinya Yamanaka consiguió con sus pipetas, algunos virus y otras artimañas, convencer a una célula adulta de ratón para que volviera a sus orígenes y se convirtiera en lo que un día fue: una célula madre.

Muchas cosas han pasado desde entonces, muchos datos, experimentos y muchos sueños que aún duermen en el limbo de los ensayos clínicos, pero siempre queda el consuelo de saber que estamos un poquito más cerca que ayer de obtener grandes logros. Sé que es injusto resumirlo así. Pasar por alto sin mencionar el trabajo titánico que tantas personas realizaron a lo largo de los años se antoja una traición a sus esfuerzos, sabe  un poco como el anonimato de los soldados muertos en combate, pero hablar de cada de uno de los científicos que aportaron siquiera un pequeño dato para avanzar en el conocimiento de las células madre merecería una enciclopedia.

En definitiva, desde que, hace más de 50 años, Jacobson salvara a su ratón, laboratorios de todo el planeta Tierra trabajan a destajo para desentrañar los misterios que entrañan estas carismáticas células, porque ellas pueden tener la clave para la curación de muchas o muchísimas enfermedades que nos traen de cabeza. Parkinson, degeneración macular, diabetes, cáncer, esclerosis múltiple, Alzheimer, y en general cualquier trastorno tiene cabida en este juego. Si tanto tienen que ofrecer, ¿cómo no sentirse atraídos por ellas? ¿cómo no invertir todos los dólares, euros, y todas las gotas de sudor que hagan falta? 

Células dopaminérgicas, precisamente las carentes en enfermos de Parkinson, derivadas de un embrión humano (fuente)

Puede que el camino hasta llegar a conocer y manejar con facilidad relativa las células madre sea largo y tortuoso. Puede que después de todo no sean la panacea universal que habíamos esperado. Y puede ser, también, que estemos jugando a ser Dios. Pero ¿cómo convivir con la conciencia que nos dejaría saber que intuimos cómo curar, cómo despistar a la muerte, y no lo hicimos?